Frío. Alexandra tiritó. Estaba helada. Un suave sol le iluminaba la cara. Amanecía. ¿Qué había pasado? Una lámina de hielo se deslizó entre sus dedos antes de abrir los ojos.
La luz mortecina del sol matinal iluminaba todo lo que la rodeaba. Una manta cubría su cuerpo. Sobre sus brazos pequeñas gotitas heladas resbalaban. ¿De dónde salía todo aquel hielo? Toda su ropa estaba húmeda, cubierta de astillas de madera: lo recordó todo. Kirhom le había atacado, su mente se nubló, no pensando en nada más. Se irguió de repente, buscándolo.
Estaba rodeada de un grupo de árboles bajos cubiertos de unas gigantescas flores amarillas. Más allá de ellos, de una casa baja salía un humo blanquecino. La chimenea estaba encendida.
- Pasa, pasa. -la voz de Kirhom seguía siendo fría, aun así tenía un tono ligeramente distinto que el de la pasada noche.
Dark se paró en la puerta. Kirhom la miró.
- Tienes la piel de gallina. Lo siento por el frío. Acércate, estoy encendiendo el fuego y...
- No.
- Te sentará bien, y te explicaré qué pasó ayer.
- ¿Te has cortado?
- Sólo un rasguño. Acércate. -No dejó que vacilase.
A Alexandra se le iba pasando el frío.
- Ponte esto. ¿Mejor?
- Mejor.
- Me atacaste.
Fue frío y directo, y lo peor era que estaba en lo cierto.
- Fuiste tú quién me trató mal.
- No...
- Tú me insultaste y me trataste mal. ¿Por qué?
- Porque era necesario.
Alexandra había chillado, Kirhom, en cambio, mantenía el mismo tono.
Un silencio incómodo cayó en la sala. El fuego chisporroteó, como los ojos de Alexandra.
- Era necesario. Tenía que hacer...
- ¿Qué? ¿Atacarme?
- No te ataqué. -contestó Kirhom, de nuevo, tranquilo.
- Vale, fui yo.
- No me refiero a eso, había un grupo de cuatro personas, junto a la cabaña. Gracias a que nos fuimos de allí no vinieron más, llamaste la atención con tanta energía.
Dark palideció.
- Encenderé el fuego, las ramas están mojadas y se apagan.
Kirhom extrajo de su vaina su espada, negra como la noche, en su filo se reflejaba toda la habitación. Al colocarla sobre las ramas, Dark vio como éstas estallaban en llamas. La espada se iluminó con su brillo.
- No está manchada.
Kirhom siguió apilando ramas.
- La espada no está manchada. -repitió Dark. -¿Ya la has limpiado?
- Sí.
- ¿Y dónde están las manchas?
- No están.
- Pero... ¿los mataste? A los atacantes de anoche.
- Sí, no me quedó otra. Y no me agradó.
- Pero...
- Eres un poco pesada. -Kirhom lo soltó con el mismo tono de voz, no parecía enfadado. -No hay manchas en la espada, pero sí tengo "un rasguño" y sí había manchas en la ropa. Ecoeoa es especial
- ¿Qué?
- La espada, es muy especial.
- Mierda.
El fuego se apagó de nuevo.
lunes, 2 de noviembre de 2009
Capítulo 2 - Hielo y fuego (parte 3)
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domingo, 11 de octubre de 2009
Capítulo 2 - Hielo y fuego (parte 2)
Dark se acababa de desmayar. ¿Por qué lo había atacado? ¿No se había dado cuenta de que estaba actuando? Era obvio. La espada aun estaba calente. Eso le ayudaría, al fin y al cabo, estaba en su naturaleza.
Una sombra oscura, que salió de la luz de las llamas, lo sacó de su asombro. La espada brilló un segundo antes de alzarse, siniestra. Kirhom paró el fuerte golpe casi sin inmutarse. Fintó. El hombre se tambaleó cortando el aire. De nuevo, el sonido de las espadas estalló de nuevo, hendiendo el aire, en apenas dos segundos, habían apareceido de los arbustos tres personas más que rodearon a Kirhom. estaba atrapado. Los golpes se sucediero; pero no lo suficientemente rápido para dañarle.
Se movía como una sombra, difuso e inalcanzable. La espada negra reflejaba el fuego, refulgiendo en la batalla. Los golpes se sucedían uno tras otro: finta, estoque, golpe, golpe, corte... La sangre mana a borbotones. Quedan tres. Corte, finta, golpe. Dos. Golpe, corte. Uno.
El último oponente estaba exhausto, cargaba una pesada espada, grande, un mandoble. Levantó la espada. Demasiado lento. Kirhom se apartó justo antes de que la espada lo alcanzara, para que la inercia le impidiera cambiar la trayectoria, la arena sobre la que momentos antes se encontraba estalló como un volcán. Magia. Con un rápido movimiento, Kirhom se agachó esquivando una estocada alta, si paraba la espada el golpe sería terrible; pero si no esquivaba la trayectoria sería cortado como un queso. Agachado, noto como el aire se combaba y salia disparado sobre su cabeza. Un poco más atrás, la parte de arriba de la cabaña, que aun ardía se desprendió de la parte de abajo y cayó al suelo con un estrépito, junto a Dark, las llamas casi acariciaron su piel. Tenía que darse prisa. El mandoble se volvió a levantar, gigantesco y terrible, preparado para dar el último golpe. La espada de Kirhom brilló reflejando la luz del fuego y paró el golpe, tembló, el aire seguía tan quieto como antes. Sonrió siniestramente. Antes de que su oponente pudiera reaccionar, la espada negra se alimentaba de su sangre. Cayó al suelo, muerto.
Kirhom envainó su espada y corrió hacia el cuerpo inconsciente de Dark, estaba muy caliente, pero no presentaba quemaduras. Con cuidado, la retiró del fuego. Respiraba profundamente.
Una sombra oscura, que salió de la luz de las llamas, lo sacó de su asombro. La espada brilló un segundo antes de alzarse, siniestra. Kirhom paró el fuerte golpe casi sin inmutarse. Fintó. El hombre se tambaleó cortando el aire. De nuevo, el sonido de las espadas estalló de nuevo, hendiendo el aire, en apenas dos segundos, habían apareceido de los arbustos tres personas más que rodearon a Kirhom. estaba atrapado. Los golpes se sucediero; pero no lo suficientemente rápido para dañarle.
Se movía como una sombra, difuso e inalcanzable. La espada negra reflejaba el fuego, refulgiendo en la batalla. Los golpes se sucedían uno tras otro: finta, estoque, golpe, golpe, corte... La sangre mana a borbotones. Quedan tres. Corte, finta, golpe. Dos. Golpe, corte. Uno.
El último oponente estaba exhausto, cargaba una pesada espada, grande, un mandoble. Levantó la espada. Demasiado lento. Kirhom se apartó justo antes de que la espada lo alcanzara, para que la inercia le impidiera cambiar la trayectoria, la arena sobre la que momentos antes se encontraba estalló como un volcán. Magia. Con un rápido movimiento, Kirhom se agachó esquivando una estocada alta, si paraba la espada el golpe sería terrible; pero si no esquivaba la trayectoria sería cortado como un queso. Agachado, noto como el aire se combaba y salia disparado sobre su cabeza. Un poco más atrás, la parte de arriba de la cabaña, que aun ardía se desprendió de la parte de abajo y cayó al suelo con un estrépito, junto a Dark, las llamas casi acariciaron su piel. Tenía que darse prisa. El mandoble se volvió a levantar, gigantesco y terrible, preparado para dar el último golpe. La espada de Kirhom brilló reflejando la luz del fuego y paró el golpe, tembló, el aire seguía tan quieto como antes. Sonrió siniestramente. Antes de que su oponente pudiera reaccionar, la espada negra se alimentaba de su sangre. Cayó al suelo, muerto.
Kirhom envainó su espada y corrió hacia el cuerpo inconsciente de Dark, estaba muy caliente, pero no presentaba quemaduras. Con cuidado, la retiró del fuego. Respiraba profundamente.
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domingo, 26 de julio de 2009
Capítulo 2 - Hielo y fuego
- Mi nombre es Kirhom. ¿No vienes?
Alexandra echó a andar tras el muchacho, era increíble lo rápido que se movía sin levantar la más mínima cantidad de arena. Ella casi no podía andar con sus sandalias.
-Anda descalza. -susurró a su oído.
En el momento en el que ella había mirado a sus pies intentando quitar la arena que se colaba en la sandalia Kirhom se había colocado junto a ella sin hacer ruido. El muchacho también se había quitado sus zapatos. Alexandra se sonrojó al notar el olor del chico, estaba muy cerca.
- Esperaba que me mandasen a alguien más preparado. -espetó el chico.
Alexandra se sobresaltó por el tono que había utilizado, demasiado alto; pero no dijo nada. Simplemente comenzó, de nuevo, a andar tras él. Esperando que siguiese hablando. Sus órdenes habían sido claras, tenía que hacer lo que le dijesen sin importar la actitud que tuviesen hacia ella, sin hacer nada más.
- No alguien sin talento. -Dark frunció el ceño. -Lo que tengo preparado será complicado y, permíteme que dude de ti si ni siquiera te han dicho para qué vienes.
- Sí...
- Déjame hablar, ¿quieres? -espetó, frío- Resulta desalentador que una misión tan importante recaiga en tus manos. Una novata, alguien que ni siquiera sabe a lo que se va a enfrentar y que no domina sus poderes.
Alexandra se detuvo, estaba realmente enfadada, y confusa. ¿Quién era aquel imbécil? ¿Qué se había creído? Temblaba de ira. Noto el calor en las manos, acumulándose.
- No te pares, ya estamos cerca. -dijo el muchacho parándose y mirándola significativamente. Alexandra no le siguió.
Estaba parada, junto a una de esas casetas de madera que se ponen en las playas rodeada de matorrales espesos. Se habían alejado bastante de la ciudad. El viento susurraba cruzando entre las hojas puntiagudas.
- Sígueme. -volvió a ordenar Kirhom con voz fría. Alexandra siguió quieta.
El viento soplaba y hacía crujir las plantas. Sus manos cada vez más calientes. ¿Por qué le estaba afectando tanto aquel muchacho? Normalmente no era así, soportaba mucha más prepotencia y arrogancia que la que Kirhom le estaba dedicando. Alzó las manos, sintiendo que perdía el control.
- Por favor, quédate quieta. -dijo el muchacho. Su voz no tembló. No tenía miedo. -Baja las manos sígueme y no pasará nada.
Fue visto y no visto. Alexandra no lo soportó más, sabía que no debía hacerlo, que no había intentado controlar la cantidad de magia, que se dsmayaría, que, probablemente, lo heriría de gravedad. No le importó.
La ráfaga de fuego negro se dirigió hacia el muchacho directa, dirigida por su voluntad, incinerando todo lo que atravesaba su camino. En un abrir y cerrar de ojos Kirhom desenfundó una espada, negra como la noche, como aquel fuego que ella controlaba.
Las fuerzas le abandonaban.
Mucho antes de que el fuego le alcanzará, Kirhom ya había interpuesto la misteriosa espada entre él y la llama. ¿Qué pretendía hacer? Alexandra cayo de rodillas.
Sus ojos se cerraban. Se desmayaba.
La espada brilló por un momento, reflejando las luces de las estrellas justo cuando la alcanzó el fuego negro. Alexandra ya no sabía si lo que estaba viendo era real. La espada había atrapado el fuego y, con un movimiento de Kirhom, lo había disparado hacia ella; pero erró el tiro. Ya en el suelo, a punto de perder el conocimiento, pudo sentir el calor que emanaba de las llamas. Demasiado calientes, demasiado cercanas...
Alexandra echó a andar tras el muchacho, era increíble lo rápido que se movía sin levantar la más mínima cantidad de arena. Ella casi no podía andar con sus sandalias.
-Anda descalza. -susurró a su oído.
En el momento en el que ella había mirado a sus pies intentando quitar la arena que se colaba en la sandalia Kirhom se había colocado junto a ella sin hacer ruido. El muchacho también se había quitado sus zapatos. Alexandra se sonrojó al notar el olor del chico, estaba muy cerca.
- Esperaba que me mandasen a alguien más preparado. -espetó el chico.
Alexandra se sobresaltó por el tono que había utilizado, demasiado alto; pero no dijo nada. Simplemente comenzó, de nuevo, a andar tras él. Esperando que siguiese hablando. Sus órdenes habían sido claras, tenía que hacer lo que le dijesen sin importar la actitud que tuviesen hacia ella, sin hacer nada más.
- No alguien sin talento. -Dark frunció el ceño. -Lo que tengo preparado será complicado y, permíteme que dude de ti si ni siquiera te han dicho para qué vienes.
- Sí...
- Déjame hablar, ¿quieres? -espetó, frío- Resulta desalentador que una misión tan importante recaiga en tus manos. Una novata, alguien que ni siquiera sabe a lo que se va a enfrentar y que no domina sus poderes.
Alexandra se detuvo, estaba realmente enfadada, y confusa. ¿Quién era aquel imbécil? ¿Qué se había creído? Temblaba de ira. Noto el calor en las manos, acumulándose.
- No te pares, ya estamos cerca. -dijo el muchacho parándose y mirándola significativamente. Alexandra no le siguió.
Estaba parada, junto a una de esas casetas de madera que se ponen en las playas rodeada de matorrales espesos. Se habían alejado bastante de la ciudad. El viento susurraba cruzando entre las hojas puntiagudas.
- Sígueme. -volvió a ordenar Kirhom con voz fría. Alexandra siguió quieta.
El viento soplaba y hacía crujir las plantas. Sus manos cada vez más calientes. ¿Por qué le estaba afectando tanto aquel muchacho? Normalmente no era así, soportaba mucha más prepotencia y arrogancia que la que Kirhom le estaba dedicando. Alzó las manos, sintiendo que perdía el control.
- Por favor, quédate quieta. -dijo el muchacho. Su voz no tembló. No tenía miedo. -Baja las manos sígueme y no pasará nada.
Fue visto y no visto. Alexandra no lo soportó más, sabía que no debía hacerlo, que no había intentado controlar la cantidad de magia, que se dsmayaría, que, probablemente, lo heriría de gravedad. No le importó.
La ráfaga de fuego negro se dirigió hacia el muchacho directa, dirigida por su voluntad, incinerando todo lo que atravesaba su camino. En un abrir y cerrar de ojos Kirhom desenfundó una espada, negra como la noche, como aquel fuego que ella controlaba.
Las fuerzas le abandonaban.
Mucho antes de que el fuego le alcanzará, Kirhom ya había interpuesto la misteriosa espada entre él y la llama. ¿Qué pretendía hacer? Alexandra cayo de rodillas.
Sus ojos se cerraban. Se desmayaba.
La espada brilló por un momento, reflejando las luces de las estrellas justo cuando la alcanzó el fuego negro. Alexandra ya no sabía si lo que estaba viendo era real. La espada había atrapado el fuego y, con un movimiento de Kirhom, lo había disparado hacia ella; pero erró el tiro. Ya en el suelo, a punto de perder el conocimiento, pudo sentir el calor que emanaba de las llamas. Demasiado calientes, demasiado cercanas...
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jueves, 16 de julio de 2009
Capítulo 1- El encuentro (4ªparte y final)
- Hola, Dark.
El desconocido empezó a andar sin hacer ruido, la fría y blanca arena no se movía bajo sus pies. Dark… Era irónico: toda su vida había sufrido fobia a la oscuridad, y sin embargo ahora podía caminar sin problema bajo el cielo nocturno. La campana de una iglesia perdida repiqueteó a lo lejos.
(N. del A. : Alexandra recuerda su llegada a la "base")
Alexandra se despertó sobresaltada. La llama de una vela solitaria titilaba en una esquina de la habitación. A lo lejos sonaba una campana, monótona. ¿Dónde estaba? ¿Que le había pasado?
- Hola pequeña.
Frente a ella se alzaba, majestuosa, una mujer alta y delgada. Su expresión era dura, a pesar de la sútil sonrisa que dibujaban sus labios. A Alexandra le recorrió un escalofrió al sentirse escrutada por sus ojos rojos. No dijo nada. Todo el cuerpo le temblaba pero no era capaz de moverse ni un centímetro.
Junto a la mujer un hombre ligeramente más bajo que ella miraba al frente, sin prestar atención a nada.
- Tranquila, sé que estás nerviosa. -La voz de la mujer de ojos rojos era fría y dura, a pesar de querer tranquilizarla. -Te explicaré todo, pero a su debido tiempo. Ahora debes comer, tienes que estar hambrienta.
Hasta ese momento Alexandra no había notado el vacío que sentía en el estómago. La puerta se cerró con un golpe seco después de que los desconocidos abandonasen la habitación.
En aquel momento Alexandra se tendió en la cama, aun temblando, intentando ordenar sus ideas. Recordó el ataque de la noche anterior, y el fuego, aquel fuego negro que le salia de sus manos. Se las miró, intentando buscar una explicación, algo que le diese una pista sobre lo que había pasado. Mientras intentaba unir piezas la puerta se abrió y el joven que momentos antes estaba junto a la mujer entró acompañado de un plato de comida. Olía bien.
- Come, lo vas a necesitar. -La voz del joven era grave y agradable, completamente distinta a la de la mujer de ojos rojos. -Has hecho un esfuerzo enorme.
Alexandra era reticente a acercarse al joven; pero se moría de hambre. En cuanto el joven se alejó se abalanzó sobre el plato, hambrienta.
- ¿Cómo te llamas? -preguntó el joven.
- Alexandra. -dijo con voz queda después de tragar. La comida estaba deliciosa.
- Yo soy Aferon, el ayudante de Ardere, la mujer de antes. Seremos tu guía.
- ¿Mi guía? -preguntó Alexandra, esta vez no dejó de comer.
- Ahora mismo estás perdida, no sabes lo que te ha pasado, ni lo que te espera, ni siquiera intuyes lo especial que eres...
Un silencio incómodo sólo roto por el sonido de los cubiertos llenó la habitación. Alexandra lo rompió tras un momento.
- ¿Especial? ¿Por qué? ¿Qué me ha pasado?
El miedo que en un principio la atenazaba estaba pasando a convertirse en una creciente incredulidad, al tiempo que se apoderaba de ella la resignación. Algo que siempre había estado presente en su carácter.
- Bueno, te acuerdas del fuego ¿verdad? -quiso saber Aferon. Alexandra asintió. -Por eso eres especial.
Dejó los cubiertos a un lado, se había comido todo y aún seguía con hambre.
- Pero, ¿cómo sabes eso? Allí no había nadie y...
- Fue fácil encontrarte después de lo que hiciste, debido a ello también te desmayaste.
- Pero, ¿qué hice? ¿por qué me pasa esto? ¿quiénes sois? ¿por qué me tenéis aquí?...
Soltó todas sus preguntas una tras otra, como si eso la liberase de todo lo que la atormentaba, las dudas, el miedo... La puerta crujió y Ardere, la mujer de los ojos de fuego, entró en la habitación, fue ella quién respondió a sus preguntas, a todas. Y empezó por la primera:
- Lo que hiciste, pequeña, fue magia.
El desconocido empezó a andar sin hacer ruido, la fría y blanca arena no se movía bajo sus pies. Dark… Era irónico: toda su vida había sufrido fobia a la oscuridad, y sin embargo ahora podía caminar sin problema bajo el cielo nocturno. La campana de una iglesia perdida repiqueteó a lo lejos.
(N. del A. : Alexandra recuerda su llegada a la "base")
Alexandra se despertó sobresaltada. La llama de una vela solitaria titilaba en una esquina de la habitación. A lo lejos sonaba una campana, monótona. ¿Dónde estaba? ¿Que le había pasado?
- Hola pequeña.
Frente a ella se alzaba, majestuosa, una mujer alta y delgada. Su expresión era dura, a pesar de la sútil sonrisa que dibujaban sus labios. A Alexandra le recorrió un escalofrió al sentirse escrutada por sus ojos rojos. No dijo nada. Todo el cuerpo le temblaba pero no era capaz de moverse ni un centímetro.
Junto a la mujer un hombre ligeramente más bajo que ella miraba al frente, sin prestar atención a nada.
- Tranquila, sé que estás nerviosa. -La voz de la mujer de ojos rojos era fría y dura, a pesar de querer tranquilizarla. -Te explicaré todo, pero a su debido tiempo. Ahora debes comer, tienes que estar hambrienta.
Hasta ese momento Alexandra no había notado el vacío que sentía en el estómago. La puerta se cerró con un golpe seco después de que los desconocidos abandonasen la habitación.
En aquel momento Alexandra se tendió en la cama, aun temblando, intentando ordenar sus ideas. Recordó el ataque de la noche anterior, y el fuego, aquel fuego negro que le salia de sus manos. Se las miró, intentando buscar una explicación, algo que le diese una pista sobre lo que había pasado. Mientras intentaba unir piezas la puerta se abrió y el joven que momentos antes estaba junto a la mujer entró acompañado de un plato de comida. Olía bien.
- Come, lo vas a necesitar. -La voz del joven era grave y agradable, completamente distinta a la de la mujer de ojos rojos. -Has hecho un esfuerzo enorme.
Alexandra era reticente a acercarse al joven; pero se moría de hambre. En cuanto el joven se alejó se abalanzó sobre el plato, hambrienta.
- ¿Cómo te llamas? -preguntó el joven.
- Alexandra. -dijo con voz queda después de tragar. La comida estaba deliciosa.
- Yo soy Aferon, el ayudante de Ardere, la mujer de antes. Seremos tu guía.
- ¿Mi guía? -preguntó Alexandra, esta vez no dejó de comer.
- Ahora mismo estás perdida, no sabes lo que te ha pasado, ni lo que te espera, ni siquiera intuyes lo especial que eres...
Un silencio incómodo sólo roto por el sonido de los cubiertos llenó la habitación. Alexandra lo rompió tras un momento.
- ¿Especial? ¿Por qué? ¿Qué me ha pasado?
El miedo que en un principio la atenazaba estaba pasando a convertirse en una creciente incredulidad, al tiempo que se apoderaba de ella la resignación. Algo que siempre había estado presente en su carácter.
- Bueno, te acuerdas del fuego ¿verdad? -quiso saber Aferon. Alexandra asintió. -Por eso eres especial.
Dejó los cubiertos a un lado, se había comido todo y aún seguía con hambre.
- Pero, ¿cómo sabes eso? Allí no había nadie y...
- Fue fácil encontrarte después de lo que hiciste, debido a ello también te desmayaste.
- Pero, ¿qué hice? ¿por qué me pasa esto? ¿quiénes sois? ¿por qué me tenéis aquí?...
Soltó todas sus preguntas una tras otra, como si eso la liberase de todo lo que la atormentaba, las dudas, el miedo... La puerta crujió y Ardere, la mujer de los ojos de fuego, entró en la habitación, fue ella quién respondió a sus preguntas, a todas. Y empezó por la primera:
- Lo que hiciste, pequeña, fue magia.
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lunes, 6 de julio de 2009
Capítulo 1- El encuentro (3ªparte)
Alexandra saltó y dio de bruces contra la rama seca de uno de los árboles que la rodeaban, la flecha se clavó cimbreando junto a ella. El silbido al soltar de nuevo la cuerda del arco atravesó el aire recordándole a una serpiente lanzando su mordedura, un instante después, rodó por el suelo rasguñándose por todas partes con las prominentes piedras. Notó el calor en las manos y casi al instante éstas empezaron a arder con un fuego negro que no le quemaba. Miró el fuego, sorprendida, pero ya sabía lo que tenía que hacer, ya lo había hecho una y mil veces en aquella sala de entrenamiento y, aunque las primeras veces se había desmayado esta vez lo conseguiría, moviendo el brazo como si estuviese golpeando una pelota le lanzó el fuego a su enemigo. Sonriendo, vio como la pequeña nube de fuego se desintegraba al chocar contra una pared invisible a escasos centímetros de él. Se desmayó.
- Buenas tardes, Dark.
La sonrisa del que hacía unas horas le lanzaba flechas fue lo primero que vio Alexandra al abrir los ojos. Se encontraba en la enfermería, en aquella habitación que ya le era familiar, con la butaca marrón junto a ella y el sol bajo de la tarde dándole de lleno en la cara.
- Esta vez me habrías alcanzado, lanzaste una llama tan poderosa que hizo temblar mi barrera.
Alexandra sonrió, aun estaba débil, la magia le consumía demasiada energía y ese era su principal problema. Una de las gigantescas mariposas de aquel lugar trazó un arco con su sombra al pasar junto a la ventana. Se tocó al lado de la cabeza y sintió una punzada de dolor, tenía un chichón.
- Debes tener más cuidado, la jefa dice que podrías haberte matado al utilizar demasiada magia pero ya sabes como es. – Exnar soltó una risa suave.
Dark rió con él. Sabía que era peligroso usar tanta magia pero ella no lo controlaba, hacía apenas dos semanas que le habían enseñado lo que podía hacer, lo que ello significaba y los peligros que entrañaba; pero se sentía incapaz de hacer nada más. Su jefa le había repetido hasta la saciedad todo lo que debía saber y, aun así, ella era incapaz de llevarlo a la práctica. Exnar debió ver su cara de preocupación.
- Tranquila, ya lograrás usar la magia cuando quieras y en su justa medida. Ten en cuenta que lo que a nosotros nos cuesta años dominarlo tú estás siendo obligada a aprenderlo a la perfección en muy poco tiempo. Es más, yo me habría vuelto loco si de un día para otro mi vida cambiase tan rápidamente y, al día siguiente ya estuviese estudiando la geografía, las leyes, la historia… todo, todo de un mundo totalmente nuevo.
- S…sí. –Alexandra carraspeó, tenía la garganta seca y le costaba hablar. – Supongo que pienso poco en ello.
Pero eso no era verdad. Desde el primer día que llegó a aquella especie de “base” le habían explicado todo, y Alexandra no había podido dejar de pensar en ello ni una sola vez.
Nada más llegar y despertarse, pues después le explicaron que la llevaron dormida hasta aquel extraño sitio, la jefa se dirigió a su habitación, la misma en la que se encontraba en ese momento.
- Buenas tardes, Dark.
La sonrisa del que hacía unas horas le lanzaba flechas fue lo primero que vio Alexandra al abrir los ojos. Se encontraba en la enfermería, en aquella habitación que ya le era familiar, con la butaca marrón junto a ella y el sol bajo de la tarde dándole de lleno en la cara.
- Esta vez me habrías alcanzado, lanzaste una llama tan poderosa que hizo temblar mi barrera.
Alexandra sonrió, aun estaba débil, la magia le consumía demasiada energía y ese era su principal problema. Una de las gigantescas mariposas de aquel lugar trazó un arco con su sombra al pasar junto a la ventana. Se tocó al lado de la cabeza y sintió una punzada de dolor, tenía un chichón.
- Debes tener más cuidado, la jefa dice que podrías haberte matado al utilizar demasiada magia pero ya sabes como es. – Exnar soltó una risa suave.
Dark rió con él. Sabía que era peligroso usar tanta magia pero ella no lo controlaba, hacía apenas dos semanas que le habían enseñado lo que podía hacer, lo que ello significaba y los peligros que entrañaba; pero se sentía incapaz de hacer nada más. Su jefa le había repetido hasta la saciedad todo lo que debía saber y, aun así, ella era incapaz de llevarlo a la práctica. Exnar debió ver su cara de preocupación.
- Tranquila, ya lograrás usar la magia cuando quieras y en su justa medida. Ten en cuenta que lo que a nosotros nos cuesta años dominarlo tú estás siendo obligada a aprenderlo a la perfección en muy poco tiempo. Es más, yo me habría vuelto loco si de un día para otro mi vida cambiase tan rápidamente y, al día siguiente ya estuviese estudiando la geografía, las leyes, la historia… todo, todo de un mundo totalmente nuevo.
- S…sí. –Alexandra carraspeó, tenía la garganta seca y le costaba hablar. – Supongo que pienso poco en ello.
Pero eso no era verdad. Desde el primer día que llegó a aquella especie de “base” le habían explicado todo, y Alexandra no había podido dejar de pensar en ello ni una sola vez.
Nada más llegar y despertarse, pues después le explicaron que la llevaron dormida hasta aquel extraño sitio, la jefa se dirigió a su habitación, la misma en la que se encontraba en ese momento.
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jueves, 25 de junio de 2009
Capítulo 1- El encuentro (2ªparte)
Eso fue lo que pasó aquella noche de hacía tres meses. "El fuego negro". Alexandra levantó la vista al sentir bajo sus pies la fría arena de la playa. El mar estaba tranquilo aquella noche, no había luna pero la luz artificial del paseo marítimo era suficiente para ver.
"Cuando llegues a la playa, camina a la derecha, sabrás quién te está esperando." Una ola le mojó los pies. No estaba tan fría. Siguió andando durante un largo rato, las siluetas de los edificios se dibujaban a lo lejos, junto a la playa, en algún que otro piso, una luz denotaba que había vida en la ciudad. Todo estaba en silencio. A lo lejos vio la sombra de una persona, de pie, sobre el muro de piedra que separaba la playa del paseo marítimo. Alexandra se dio cuenta de que la miraba y bajo la vista, limitándose a mirar a la figura de reojo. Sin detenerse siguió andando hacia ella, hasta llegar a la altura suficiente como para mirar sus pies, pues aún se encontraba en el muro.
El desconocido, con una agilidad felina, bajó de un salto hasta donde se encontraba ella. El sonido de los frenos de un coche lejano se escuchó mucho más que sus pies al tocar el suelo. Alexandra se sorprendió al ver tan cerca los ojos verdes del desconocido, que la escrutaban minuciosamente.
Era un chico, ligeramente más alto que ella y delgado. En su cara, una sonrisa sincera era enmarcada por un pelo tan negro como la noche, y como sus ropas.
- ¿Dark? -dijo con voz grave.
Esa era ella, Dark. El apodo que le habían dado hacía ya tres meses y que había utilizado desde el momento en el que entró a formar parte de aquel extraño grupo, donde le habían enseñado tantas cosas que nunca podría haber imaginado y le explicaron cómo funcionaba el mundo; pero no este.
Alexandra asintió y la sonrisa del muchacho se hizo más profunda.
"Cuando llegues a la playa, camina a la derecha, sabrás quién te está esperando." Una ola le mojó los pies. No estaba tan fría. Siguió andando durante un largo rato, las siluetas de los edificios se dibujaban a lo lejos, junto a la playa, en algún que otro piso, una luz denotaba que había vida en la ciudad. Todo estaba en silencio. A lo lejos vio la sombra de una persona, de pie, sobre el muro de piedra que separaba la playa del paseo marítimo. Alexandra se dio cuenta de que la miraba y bajo la vista, limitándose a mirar a la figura de reojo. Sin detenerse siguió andando hacia ella, hasta llegar a la altura suficiente como para mirar sus pies, pues aún se encontraba en el muro.
El desconocido, con una agilidad felina, bajó de un salto hasta donde se encontraba ella. El sonido de los frenos de un coche lejano se escuchó mucho más que sus pies al tocar el suelo. Alexandra se sorprendió al ver tan cerca los ojos verdes del desconocido, que la escrutaban minuciosamente.
Era un chico, ligeramente más alto que ella y delgado. En su cara, una sonrisa sincera era enmarcada por un pelo tan negro como la noche, y como sus ropas.
- ¿Dark? -dijo con voz grave.
Esa era ella, Dark. El apodo que le habían dado hacía ya tres meses y que había utilizado desde el momento en el que entró a formar parte de aquel extraño grupo, donde le habían enseñado tantas cosas que nunca podría haber imaginado y le explicaron cómo funcionaba el mundo; pero no este.
Alexandra asintió y la sonrisa del muchacho se hizo más profunda.
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viernes, 19 de junio de 2009
Capitulo 1-El encuentro
El manto del cielo nocturno se extendía sobre la ciudad. Las calles oscuras junto a las sombras titilantes y tenues que creaban las farolas daban un aspecto fantasmagórico al puerto. Alexandra sintió un escalofrío, no estaba acostumbrada a andar a oscuras, y menos, completamente sola. Una vez más, como venía haciendo desde hacía varios meses, maldijo la noche en la que descubrió que podía hacer cosas increíbles.
Aquella noche Alexandra volvía de estudiar un poco más tarde de lo habitual, ya había oscurecido desde hacía un rato y las calles estaban desiertas. Solo el canto de un grillo tempranero se elevaba junto a los escaparates de ropa del centro de la ciudad, rompiendo el tenso silencio de la noche. Sus pasos resonaban en las baldosas mojadas, un coche de la limpieza debía haber pasado hacía poco. Se entretuvo un poco en mirar el escaparate de la tienda a la que solía ir, pero sin relajarse demasiado, no podía dejar de pensar en que estaba completamente sola. Le pareció oír unos pasos por la calle lateral, junto a la esquina que quedaba a su derecha, se dio la vuelta y siguió su camino, dejando el ruido a su espalda. Miró hacia atrás, solo el murmullo lejano del grillo.
Alexandra cada vez estaba más nerviosa, subía por una calle que, durante el día, era una de las más concurridas de la ciudad pero ahora estaba tan solitaria como el resto. Las sillas de las terrazas de los bares yacían abandonadas junto a las columnas, atadas con cadenas para impedir que se la llevasen las pocas almas que rondaban la noche. Un semáforo en rojo y unos pasos que resonaron tras pararse los suyos. Miró hacía atrás, nada. Comenzó a andar más rápido, asustada. Vio cambiar el semáforo a verde cuando ya había cruzado, no importaba, tampoco circulaba ningún coche. Volvió a mirar hacia atrás, unos pasos más rápido que los suyos la seguían, ya estaba completamente segura. Aceleró, las columnas que creaban un pasaje frente a los portales le impedían ver su espalda con claridad. Más pasos, más rápido. Un golpe, cada vez más cerca. Sillas arrastradas detrás de ella. Una maldición. Un roce, casi. Otro brazo lanzado hacia ella y la atrapó.
Su carpeta cayó al suelo con un sonoro golpe. Los dedos del hombre le apretaban el brazo haciéndole daño, inmovilizándola. Gritó, y sus gritos fueron absorbidos por el aire opresivo de la noche. El hombre casi lanzó una carcajada, estaba a su merced y lo sabía. Nadie podía detenerlo, nadie escucharía gritar a la pobre muchacha. Fue entonces cuando paso.
Una luz indefinida, como si fuese un misterioso haz de oscuridad, lo cegó y se tuvo que llevar las manos a la cara, le quemaba.
Alexandra se miró la mano, su respiración era entrecortada y ruidosa, superficial. ¿Qué acababa de ocurrir? De repente, su mano se había iluminado y había lanzado aquella… cosa, y el hombre la había soltado. Las fuerzas le abandonaron en un instante, un profundo mareo se apoderó de ella, estaba a punto de desmayarse y el hombre gemía con las manos sobre su cara, tenía que escapar mientras pudiese. Dio un par de pasos y no pudo más, las pocas fuerzas que le quedaban la abandonaban. Se desmayó.
Aquella noche Alexandra volvía de estudiar un poco más tarde de lo habitual, ya había oscurecido desde hacía un rato y las calles estaban desiertas. Solo el canto de un grillo tempranero se elevaba junto a los escaparates de ropa del centro de la ciudad, rompiendo el tenso silencio de la noche. Sus pasos resonaban en las baldosas mojadas, un coche de la limpieza debía haber pasado hacía poco. Se entretuvo un poco en mirar el escaparate de la tienda a la que solía ir, pero sin relajarse demasiado, no podía dejar de pensar en que estaba completamente sola. Le pareció oír unos pasos por la calle lateral, junto a la esquina que quedaba a su derecha, se dio la vuelta y siguió su camino, dejando el ruido a su espalda. Miró hacia atrás, solo el murmullo lejano del grillo.
Alexandra cada vez estaba más nerviosa, subía por una calle que, durante el día, era una de las más concurridas de la ciudad pero ahora estaba tan solitaria como el resto. Las sillas de las terrazas de los bares yacían abandonadas junto a las columnas, atadas con cadenas para impedir que se la llevasen las pocas almas que rondaban la noche. Un semáforo en rojo y unos pasos que resonaron tras pararse los suyos. Miró hacía atrás, nada. Comenzó a andar más rápido, asustada. Vio cambiar el semáforo a verde cuando ya había cruzado, no importaba, tampoco circulaba ningún coche. Volvió a mirar hacia atrás, unos pasos más rápido que los suyos la seguían, ya estaba completamente segura. Aceleró, las columnas que creaban un pasaje frente a los portales le impedían ver su espalda con claridad. Más pasos, más rápido. Un golpe, cada vez más cerca. Sillas arrastradas detrás de ella. Una maldición. Un roce, casi. Otro brazo lanzado hacia ella y la atrapó.
Su carpeta cayó al suelo con un sonoro golpe. Los dedos del hombre le apretaban el brazo haciéndole daño, inmovilizándola. Gritó, y sus gritos fueron absorbidos por el aire opresivo de la noche. El hombre casi lanzó una carcajada, estaba a su merced y lo sabía. Nadie podía detenerlo, nadie escucharía gritar a la pobre muchacha. Fue entonces cuando paso.
Una luz indefinida, como si fuese un misterioso haz de oscuridad, lo cegó y se tuvo que llevar las manos a la cara, le quemaba.
Alexandra se miró la mano, su respiración era entrecortada y ruidosa, superficial. ¿Qué acababa de ocurrir? De repente, su mano se había iluminado y había lanzado aquella… cosa, y el hombre la había soltado. Las fuerzas le abandonaron en un instante, un profundo mareo se apoderó de ella, estaba a punto de desmayarse y el hombre gemía con las manos sobre su cara, tenía que escapar mientras pudiese. Dio un par de pasos y no pudo más, las pocas fuerzas que le quedaban la abandonaban. Se desmayó.
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