El manto del cielo nocturno se extendía sobre la ciudad. Las calles oscuras junto a las sombras titilantes y tenues que creaban las farolas daban un aspecto fantasmagórico al puerto. Alexandra sintió un escalofrío, no estaba acostumbrada a andar a oscuras, y menos, completamente sola. Una vez más, como venía haciendo desde hacía varios meses, maldijo la noche en la que descubrió que podía hacer cosas increíbles.
Aquella noche Alexandra volvía de estudiar un poco más tarde de lo habitual, ya había oscurecido desde hacía un rato y las calles estaban desiertas. Solo el canto de un grillo tempranero se elevaba junto a los escaparates de ropa del centro de la ciudad, rompiendo el tenso silencio de la noche. Sus pasos resonaban en las baldosas mojadas, un coche de la limpieza debía haber pasado hacía poco. Se entretuvo un poco en mirar el escaparate de la tienda a la que solía ir, pero sin relajarse demasiado, no podía dejar de pensar en que estaba completamente sola. Le pareció oír unos pasos por la calle lateral, junto a la esquina que quedaba a su derecha, se dio la vuelta y siguió su camino, dejando el ruido a su espalda. Miró hacia atrás, solo el murmullo lejano del grillo.
Alexandra cada vez estaba más nerviosa, subía por una calle que, durante el día, era una de las más concurridas de la ciudad pero ahora estaba tan solitaria como el resto. Las sillas de las terrazas de los bares yacían abandonadas junto a las columnas, atadas con cadenas para impedir que se la llevasen las pocas almas que rondaban la noche. Un semáforo en rojo y unos pasos que resonaron tras pararse los suyos. Miró hacía atrás, nada. Comenzó a andar más rápido, asustada. Vio cambiar el semáforo a verde cuando ya había cruzado, no importaba, tampoco circulaba ningún coche. Volvió a mirar hacia atrás, unos pasos más rápido que los suyos la seguían, ya estaba completamente segura. Aceleró, las columnas que creaban un pasaje frente a los portales le impedían ver su espalda con claridad. Más pasos, más rápido. Un golpe, cada vez más cerca. Sillas arrastradas detrás de ella. Una maldición. Un roce, casi. Otro brazo lanzado hacia ella y la atrapó.
Su carpeta cayó al suelo con un sonoro golpe. Los dedos del hombre le apretaban el brazo haciéndole daño, inmovilizándola. Gritó, y sus gritos fueron absorbidos por el aire opresivo de la noche. El hombre casi lanzó una carcajada, estaba a su merced y lo sabía. Nadie podía detenerlo, nadie escucharía gritar a la pobre muchacha. Fue entonces cuando paso.
Una luz indefinida, como si fuese un misterioso haz de oscuridad, lo cegó y se tuvo que llevar las manos a la cara, le quemaba.
Alexandra se miró la mano, su respiración era entrecortada y ruidosa, superficial. ¿Qué acababa de ocurrir? De repente, su mano se había iluminado y había lanzado aquella… cosa, y el hombre la había soltado. Las fuerzas le abandonaron en un instante, un profundo mareo se apoderó de ella, estaba a punto de desmayarse y el hombre gemía con las manos sobre su cara, tenía que escapar mientras pudiese. Dio un par de pasos y no pudo más, las pocas fuerzas que le quedaban la abandonaban. Se desmayó.
viernes, 19 de junio de 2009
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