- Mi nombre es Kirhom. ¿No vienes?
Alexandra echó a andar tras el muchacho, era increíble lo rápido que se movía sin levantar la más mínima cantidad de arena. Ella casi no podía andar con sus sandalias.
-Anda descalza. -susurró a su oído.
En el momento en el que ella había mirado a sus pies intentando quitar la arena que se colaba en la sandalia Kirhom se había colocado junto a ella sin hacer ruido. El muchacho también se había quitado sus zapatos. Alexandra se sonrojó al notar el olor del chico, estaba muy cerca.
- Esperaba que me mandasen a alguien más preparado. -espetó el chico.
Alexandra se sobresaltó por el tono que había utilizado, demasiado alto; pero no dijo nada. Simplemente comenzó, de nuevo, a andar tras él. Esperando que siguiese hablando. Sus órdenes habían sido claras, tenía que hacer lo que le dijesen sin importar la actitud que tuviesen hacia ella, sin hacer nada más.
- No alguien sin talento. -Dark frunció el ceño. -Lo que tengo preparado será complicado y, permíteme que dude de ti si ni siquiera te han dicho para qué vienes.
- Sí...
- Déjame hablar, ¿quieres? -espetó, frío- Resulta desalentador que una misión tan importante recaiga en tus manos. Una novata, alguien que ni siquiera sabe a lo que se va a enfrentar y que no domina sus poderes.
Alexandra se detuvo, estaba realmente enfadada, y confusa. ¿Quién era aquel imbécil? ¿Qué se había creído? Temblaba de ira. Noto el calor en las manos, acumulándose.
- No te pares, ya estamos cerca. -dijo el muchacho parándose y mirándola significativamente. Alexandra no le siguió.
Estaba parada, junto a una de esas casetas de madera que se ponen en las playas rodeada de matorrales espesos. Se habían alejado bastante de la ciudad. El viento susurraba cruzando entre las hojas puntiagudas.
- Sígueme. -volvió a ordenar Kirhom con voz fría. Alexandra siguió quieta.
El viento soplaba y hacía crujir las plantas. Sus manos cada vez más calientes. ¿Por qué le estaba afectando tanto aquel muchacho? Normalmente no era así, soportaba mucha más prepotencia y arrogancia que la que Kirhom le estaba dedicando. Alzó las manos, sintiendo que perdía el control.
- Por favor, quédate quieta. -dijo el muchacho. Su voz no tembló. No tenía miedo. -Baja las manos sígueme y no pasará nada.
Fue visto y no visto. Alexandra no lo soportó más, sabía que no debía hacerlo, que no había intentado controlar la cantidad de magia, que se dsmayaría, que, probablemente, lo heriría de gravedad. No le importó.
La ráfaga de fuego negro se dirigió hacia el muchacho directa, dirigida por su voluntad, incinerando todo lo que atravesaba su camino. En un abrir y cerrar de ojos Kirhom desenfundó una espada, negra como la noche, como aquel fuego que ella controlaba.
Las fuerzas le abandonaban.
Mucho antes de que el fuego le alcanzará, Kirhom ya había interpuesto la misteriosa espada entre él y la llama. ¿Qué pretendía hacer? Alexandra cayo de rodillas.
Sus ojos se cerraban. Se desmayaba.
La espada brilló por un momento, reflejando las luces de las estrellas justo cuando la alcanzó el fuego negro. Alexandra ya no sabía si lo que estaba viendo era real. La espada había atrapado el fuego y, con un movimiento de Kirhom, lo había disparado hacia ella; pero erró el tiro. Ya en el suelo, a punto de perder el conocimiento, pudo sentir el calor que emanaba de las llamas. Demasiado calientes, demasiado cercanas...
domingo, 26 de julio de 2009
Capítulo 2 - Hielo y fuego
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jueves, 16 de julio de 2009
Capítulo 1- El encuentro (4ªparte y final)
- Hola, Dark.
El desconocido empezó a andar sin hacer ruido, la fría y blanca arena no se movía bajo sus pies. Dark… Era irónico: toda su vida había sufrido fobia a la oscuridad, y sin embargo ahora podía caminar sin problema bajo el cielo nocturno. La campana de una iglesia perdida repiqueteó a lo lejos.
(N. del A. : Alexandra recuerda su llegada a la "base")
Alexandra se despertó sobresaltada. La llama de una vela solitaria titilaba en una esquina de la habitación. A lo lejos sonaba una campana, monótona. ¿Dónde estaba? ¿Que le había pasado?
- Hola pequeña.
Frente a ella se alzaba, majestuosa, una mujer alta y delgada. Su expresión era dura, a pesar de la sútil sonrisa que dibujaban sus labios. A Alexandra le recorrió un escalofrió al sentirse escrutada por sus ojos rojos. No dijo nada. Todo el cuerpo le temblaba pero no era capaz de moverse ni un centímetro.
Junto a la mujer un hombre ligeramente más bajo que ella miraba al frente, sin prestar atención a nada.
- Tranquila, sé que estás nerviosa. -La voz de la mujer de ojos rojos era fría y dura, a pesar de querer tranquilizarla. -Te explicaré todo, pero a su debido tiempo. Ahora debes comer, tienes que estar hambrienta.
Hasta ese momento Alexandra no había notado el vacío que sentía en el estómago. La puerta se cerró con un golpe seco después de que los desconocidos abandonasen la habitación.
En aquel momento Alexandra se tendió en la cama, aun temblando, intentando ordenar sus ideas. Recordó el ataque de la noche anterior, y el fuego, aquel fuego negro que le salia de sus manos. Se las miró, intentando buscar una explicación, algo que le diese una pista sobre lo que había pasado. Mientras intentaba unir piezas la puerta se abrió y el joven que momentos antes estaba junto a la mujer entró acompañado de un plato de comida. Olía bien.
- Come, lo vas a necesitar. -La voz del joven era grave y agradable, completamente distinta a la de la mujer de ojos rojos. -Has hecho un esfuerzo enorme.
Alexandra era reticente a acercarse al joven; pero se moría de hambre. En cuanto el joven se alejó se abalanzó sobre el plato, hambrienta.
- ¿Cómo te llamas? -preguntó el joven.
- Alexandra. -dijo con voz queda después de tragar. La comida estaba deliciosa.
- Yo soy Aferon, el ayudante de Ardere, la mujer de antes. Seremos tu guía.
- ¿Mi guía? -preguntó Alexandra, esta vez no dejó de comer.
- Ahora mismo estás perdida, no sabes lo que te ha pasado, ni lo que te espera, ni siquiera intuyes lo especial que eres...
Un silencio incómodo sólo roto por el sonido de los cubiertos llenó la habitación. Alexandra lo rompió tras un momento.
- ¿Especial? ¿Por qué? ¿Qué me ha pasado?
El miedo que en un principio la atenazaba estaba pasando a convertirse en una creciente incredulidad, al tiempo que se apoderaba de ella la resignación. Algo que siempre había estado presente en su carácter.
- Bueno, te acuerdas del fuego ¿verdad? -quiso saber Aferon. Alexandra asintió. -Por eso eres especial.
Dejó los cubiertos a un lado, se había comido todo y aún seguía con hambre.
- Pero, ¿cómo sabes eso? Allí no había nadie y...
- Fue fácil encontrarte después de lo que hiciste, debido a ello también te desmayaste.
- Pero, ¿qué hice? ¿por qué me pasa esto? ¿quiénes sois? ¿por qué me tenéis aquí?...
Soltó todas sus preguntas una tras otra, como si eso la liberase de todo lo que la atormentaba, las dudas, el miedo... La puerta crujió y Ardere, la mujer de los ojos de fuego, entró en la habitación, fue ella quién respondió a sus preguntas, a todas. Y empezó por la primera:
- Lo que hiciste, pequeña, fue magia.
El desconocido empezó a andar sin hacer ruido, la fría y blanca arena no se movía bajo sus pies. Dark… Era irónico: toda su vida había sufrido fobia a la oscuridad, y sin embargo ahora podía caminar sin problema bajo el cielo nocturno. La campana de una iglesia perdida repiqueteó a lo lejos.
(N. del A. : Alexandra recuerda su llegada a la "base")
Alexandra se despertó sobresaltada. La llama de una vela solitaria titilaba en una esquina de la habitación. A lo lejos sonaba una campana, monótona. ¿Dónde estaba? ¿Que le había pasado?
- Hola pequeña.
Frente a ella se alzaba, majestuosa, una mujer alta y delgada. Su expresión era dura, a pesar de la sútil sonrisa que dibujaban sus labios. A Alexandra le recorrió un escalofrió al sentirse escrutada por sus ojos rojos. No dijo nada. Todo el cuerpo le temblaba pero no era capaz de moverse ni un centímetro.
Junto a la mujer un hombre ligeramente más bajo que ella miraba al frente, sin prestar atención a nada.
- Tranquila, sé que estás nerviosa. -La voz de la mujer de ojos rojos era fría y dura, a pesar de querer tranquilizarla. -Te explicaré todo, pero a su debido tiempo. Ahora debes comer, tienes que estar hambrienta.
Hasta ese momento Alexandra no había notado el vacío que sentía en el estómago. La puerta se cerró con un golpe seco después de que los desconocidos abandonasen la habitación.
En aquel momento Alexandra se tendió en la cama, aun temblando, intentando ordenar sus ideas. Recordó el ataque de la noche anterior, y el fuego, aquel fuego negro que le salia de sus manos. Se las miró, intentando buscar una explicación, algo que le diese una pista sobre lo que había pasado. Mientras intentaba unir piezas la puerta se abrió y el joven que momentos antes estaba junto a la mujer entró acompañado de un plato de comida. Olía bien.
- Come, lo vas a necesitar. -La voz del joven era grave y agradable, completamente distinta a la de la mujer de ojos rojos. -Has hecho un esfuerzo enorme.
Alexandra era reticente a acercarse al joven; pero se moría de hambre. En cuanto el joven se alejó se abalanzó sobre el plato, hambrienta.
- ¿Cómo te llamas? -preguntó el joven.
- Alexandra. -dijo con voz queda después de tragar. La comida estaba deliciosa.
- Yo soy Aferon, el ayudante de Ardere, la mujer de antes. Seremos tu guía.
- ¿Mi guía? -preguntó Alexandra, esta vez no dejó de comer.
- Ahora mismo estás perdida, no sabes lo que te ha pasado, ni lo que te espera, ni siquiera intuyes lo especial que eres...
Un silencio incómodo sólo roto por el sonido de los cubiertos llenó la habitación. Alexandra lo rompió tras un momento.
- ¿Especial? ¿Por qué? ¿Qué me ha pasado?
El miedo que en un principio la atenazaba estaba pasando a convertirse en una creciente incredulidad, al tiempo que se apoderaba de ella la resignación. Algo que siempre había estado presente en su carácter.
- Bueno, te acuerdas del fuego ¿verdad? -quiso saber Aferon. Alexandra asintió. -Por eso eres especial.
Dejó los cubiertos a un lado, se había comido todo y aún seguía con hambre.
- Pero, ¿cómo sabes eso? Allí no había nadie y...
- Fue fácil encontrarte después de lo que hiciste, debido a ello también te desmayaste.
- Pero, ¿qué hice? ¿por qué me pasa esto? ¿quiénes sois? ¿por qué me tenéis aquí?...
Soltó todas sus preguntas una tras otra, como si eso la liberase de todo lo que la atormentaba, las dudas, el miedo... La puerta crujió y Ardere, la mujer de los ojos de fuego, entró en la habitación, fue ella quién respondió a sus preguntas, a todas. Y empezó por la primera:
- Lo que hiciste, pequeña, fue magia.
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lunes, 6 de julio de 2009
Capítulo 1- El encuentro (3ªparte)
Alexandra saltó y dio de bruces contra la rama seca de uno de los árboles que la rodeaban, la flecha se clavó cimbreando junto a ella. El silbido al soltar de nuevo la cuerda del arco atravesó el aire recordándole a una serpiente lanzando su mordedura, un instante después, rodó por el suelo rasguñándose por todas partes con las prominentes piedras. Notó el calor en las manos y casi al instante éstas empezaron a arder con un fuego negro que no le quemaba. Miró el fuego, sorprendida, pero ya sabía lo que tenía que hacer, ya lo había hecho una y mil veces en aquella sala de entrenamiento y, aunque las primeras veces se había desmayado esta vez lo conseguiría, moviendo el brazo como si estuviese golpeando una pelota le lanzó el fuego a su enemigo. Sonriendo, vio como la pequeña nube de fuego se desintegraba al chocar contra una pared invisible a escasos centímetros de él. Se desmayó.
- Buenas tardes, Dark.
La sonrisa del que hacía unas horas le lanzaba flechas fue lo primero que vio Alexandra al abrir los ojos. Se encontraba en la enfermería, en aquella habitación que ya le era familiar, con la butaca marrón junto a ella y el sol bajo de la tarde dándole de lleno en la cara.
- Esta vez me habrías alcanzado, lanzaste una llama tan poderosa que hizo temblar mi barrera.
Alexandra sonrió, aun estaba débil, la magia le consumía demasiada energía y ese era su principal problema. Una de las gigantescas mariposas de aquel lugar trazó un arco con su sombra al pasar junto a la ventana. Se tocó al lado de la cabeza y sintió una punzada de dolor, tenía un chichón.
- Debes tener más cuidado, la jefa dice que podrías haberte matado al utilizar demasiada magia pero ya sabes como es. – Exnar soltó una risa suave.
Dark rió con él. Sabía que era peligroso usar tanta magia pero ella no lo controlaba, hacía apenas dos semanas que le habían enseñado lo que podía hacer, lo que ello significaba y los peligros que entrañaba; pero se sentía incapaz de hacer nada más. Su jefa le había repetido hasta la saciedad todo lo que debía saber y, aun así, ella era incapaz de llevarlo a la práctica. Exnar debió ver su cara de preocupación.
- Tranquila, ya lograrás usar la magia cuando quieras y en su justa medida. Ten en cuenta que lo que a nosotros nos cuesta años dominarlo tú estás siendo obligada a aprenderlo a la perfección en muy poco tiempo. Es más, yo me habría vuelto loco si de un día para otro mi vida cambiase tan rápidamente y, al día siguiente ya estuviese estudiando la geografía, las leyes, la historia… todo, todo de un mundo totalmente nuevo.
- S…sí. –Alexandra carraspeó, tenía la garganta seca y le costaba hablar. – Supongo que pienso poco en ello.
Pero eso no era verdad. Desde el primer día que llegó a aquella especie de “base” le habían explicado todo, y Alexandra no había podido dejar de pensar en ello ni una sola vez.
Nada más llegar y despertarse, pues después le explicaron que la llevaron dormida hasta aquel extraño sitio, la jefa se dirigió a su habitación, la misma en la que se encontraba en ese momento.
- Buenas tardes, Dark.
La sonrisa del que hacía unas horas le lanzaba flechas fue lo primero que vio Alexandra al abrir los ojos. Se encontraba en la enfermería, en aquella habitación que ya le era familiar, con la butaca marrón junto a ella y el sol bajo de la tarde dándole de lleno en la cara.
- Esta vez me habrías alcanzado, lanzaste una llama tan poderosa que hizo temblar mi barrera.
Alexandra sonrió, aun estaba débil, la magia le consumía demasiada energía y ese era su principal problema. Una de las gigantescas mariposas de aquel lugar trazó un arco con su sombra al pasar junto a la ventana. Se tocó al lado de la cabeza y sintió una punzada de dolor, tenía un chichón.
- Debes tener más cuidado, la jefa dice que podrías haberte matado al utilizar demasiada magia pero ya sabes como es. – Exnar soltó una risa suave.
Dark rió con él. Sabía que era peligroso usar tanta magia pero ella no lo controlaba, hacía apenas dos semanas que le habían enseñado lo que podía hacer, lo que ello significaba y los peligros que entrañaba; pero se sentía incapaz de hacer nada más. Su jefa le había repetido hasta la saciedad todo lo que debía saber y, aun así, ella era incapaz de llevarlo a la práctica. Exnar debió ver su cara de preocupación.
- Tranquila, ya lograrás usar la magia cuando quieras y en su justa medida. Ten en cuenta que lo que a nosotros nos cuesta años dominarlo tú estás siendo obligada a aprenderlo a la perfección en muy poco tiempo. Es más, yo me habría vuelto loco si de un día para otro mi vida cambiase tan rápidamente y, al día siguiente ya estuviese estudiando la geografía, las leyes, la historia… todo, todo de un mundo totalmente nuevo.
- S…sí. –Alexandra carraspeó, tenía la garganta seca y le costaba hablar. – Supongo que pienso poco en ello.
Pero eso no era verdad. Desde el primer día que llegó a aquella especie de “base” le habían explicado todo, y Alexandra no había podido dejar de pensar en ello ni una sola vez.
Nada más llegar y despertarse, pues después le explicaron que la llevaron dormida hasta aquel extraño sitio, la jefa se dirigió a su habitación, la misma en la que se encontraba en ese momento.
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